Lisa siempre tuvo problemas con respecto al mar. De noche, ante la vastedad del océano y la inexplorable oscuridad de su reflejo, ella simplemente podía observar cómo la costa se desvanecía ante sus ojos, debajo de sus frágiles pies, mucho antes de que su vista encontrara el horizonte. Y sin embargo, esa era el único recuerdo que poseía acerca del mar desde muy niña. Cuando regresaba a descansar en su casa desde su oficina en La Nota atravesaba con cautela la carretera sobre el acantilado y el camino de la playa, para alcanzar el hogar que había conseguido comprar con los ahorros de su antiguo trabajo. Filmando bajo el puente y al pie de aquella pequeña comunidad de esteras, ladrillo y abandono; secándose siempre en su apartamento luego de haberse lavado el barro de los pies y el sudor mezclado con los mocos de los niños; llorando de vez en cuando frente a sus propias proyecciones; logró ensamblar un documental que el noticiero transmitió un domingo en la mañana, justo cuando nadie se despierta a ver qué pasa en la televisión y cuando todos están más interesados en prepararse un desayuno y salir con la familia. A pesar de eso, consiguió un puesto de trabajo estable en La Nota, y simplemente se limitó a editar reportajes y aparecer en letras pequeñas entre los créditos de las mismas. Suficiente con que le permitan vivir.
Cuando decidió mudarse con Mauricio a su pequeño apartamento, esperaba poder contar con el apoyo de sus padres, quienes desde hacía buen tiempo le enviaban remesas desde el extranjero para poder pagarse sus estudios y, posteriormente, su propia vivienda. Al poco tiempo, recibió una carta de sus tíos informándoles del fallecimiento de sus papás en un accidente en el subterráneo. La lástima y sus inconsolables lágrimas se vieron apaciguadas sólo cuando pudo acostarse por primera vez con ese chico que conoció en la universidad. Cuando intimó con Mauricio, su hambre de mundo, de sumergirse en la realidad que sólo podía contemplar por los periódicos y los noticieros nocturnos, de embarrarse de la coyuntura y poner en práctica todo lo que le había generado impaciencia en sus épocas de universitaria, la llevaron a vivir en su apartamento para uno junto a su enamorado, cerca a la comunidad de San Cristóbal. Contando con una cámara casera como único capital, comenzó a trabajar en su primer proyecto, el cual denominó como “Fuera del mapa”.
De casa en casa, atravesando tanto puertas como plásticos colgantes, pisando tanto piso de cemento como de tierra y codeándose con la gente que, desde la ventana de su apartamento nunca alcanzaba ver y que, sin embargo, existía en ese lugar, como entes invisibles para quienes no caminaran entre sus casas, filmaba siempre a mujeres y niños que esperaban pacientemente, casi resignados, a sus esposos y padres. En la ciudad, sabían desempeñarse vendiendo baratijas, manejando taxis e incluso uno que otro se desenvolvía como actor o bailarín en alguna obra de teatro presentada en un escenario barato. En su carro, mientras atravesaba esa noche el mismo camino al borde del abismo que llevaba al mar, recordaba las palabras de Mauricio para alentarla a seguir adelante, mientras podían vivir de los ingresos que les permitían la venta de pendientes de oro en el mercado que con tanto tiempo su pareja había conseguido erigir y mantener en medio de su perenne desempleo. “Tan sólo necesitas más casettes en blanco”, le decía en el momento justo que, a través de su ventana, Lisa encontró una pequeña casa amarilla sin ventanas en lo más alto de San Cristóbal, una que no había visitado.
Cuando corrió a un lado la cortina de plástico que fungía como puerta, la encontró postrada en un catre de madera, con una sábana agujereada hasta el inicio de sus senos y su cabeza, poblada con una cabellera canosa y arrugada, apoyada en una almohada con más parches que relleno. Al rato comenzó a percibir un aroma extraño, inherente al cuerpo de la mujer cuyo estado olvidado movió para siempre una parte de su conciencia. Cuando se decidió y tomó asiento al lado suyo, su mano rozó un agujero de la sábana, a través del cual contempló fragmentos raros que brotaban de su rodilla.
“¿Lo viste? -le dijo en un susurro, una exhalación casi agonizante-, es la enfermedad del Abandono. Mi hijo dice que me estoy volviendo una lagartija, pero yo me siento más como un pez fuera del agua”.
Cuando la anciana le permitió quitar la sábana para poder observar bien aquella rarísima dolencia, tuvo una sensación extraña. Entre pánico y lástima, contempló cómo brotaban placas doradas en las piernas de aquella persona de aspecto vacío, y cómo desde la cintura hasta el camino debajo de sus pechos desgastados, costras y heridas vivas poblaban toda la superficie de su piel. “Éstas han sido arrancadas. Las primeras dolían como si atravesaran mi piel con porras y cuchillos. Ahora ya no siento nada” susurró la mujer, sin vergüenza alguna de mostrar aquel paisaje devastador, siempre mirando el techo con expresión inmutable.
Atravesando el camino rumbo a su casa, mirando de cuando en cuando aquella infinita oscuridad al otro lado del camino llamada mar, se imaginaba un resplandor dorado nadando en el agua ágilmente. A veces todavía lloraba, como aquella noche lo hizo mientras manejaba su auto despacio, cuando recordaba la figura de Mauricio entrando de madrugada en el apartamento con una bolsa llena de placas de oro ensangrentadas. También lloraba cuando en sus grabaciones previas encontraba a los padres de familia de la comunidad acumulando piezas doradas para vender en la ciudad. La señora Patricia falleció al poco tiempo, luego de pedirle a Lisa que no hiciera pública su desgracia. La encontró inerte en su catre en el momento justo que fue a comunicarle que cumpliría con su deseo, el cual se convirtió en el último.
El temor que tenía Lisa con respecto al mar se hizo más grande debido a la incertidumbre. Debido a que nunca comprendió las razones de la anciana para no querer revelar al mundo el cómo tanto citadinos como marginados se aprovechaban del Abandono de los más olvidados para aprender a sobrevivir sin nunca mirar atrás a aquella persona vacía que simplemente no supo nunca cómo vivir en una tierra inhumana, al punto de sentirse como un pez agonizando fuera del mar.
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