Avatares de la guerra

Septiembre 11, 2008

“Este hombre tiene 70 años y rescató a su vecina del fuego de su casa, porque ella, con más de 90 años, no podía moverse” (Dmitry Kostyukov, fotógrafo profesional de AFP en Moscú)

Porque una entrada corta puede llegar fácilmente al alma, menciono la magnitud de la tragedia armado que hay en el conflicto Rusia-Georgia, perfectamente recogido por Dmitry Kostyukov (fuente y nota completa: www.quesabesde.com). ¿Por qué el título atroz del post? Porque estoy casi seguro de que quienes siempre se hallan manejando los hilos de la guerra ven situaciones como ésta como una vicisitud más.

“Cuando estás en un escenario así, procuras no pensar mucho; sacas la foto porque es tu obligación. Es al editar cuando caes en la cuenta de la magnitud de la tragedia”. ¿Cómo pueden dormir tranquilos quienes halan el gatillo, quienes encienden una casa habitada, quienes no toman en cuenta el valor de la vida? Me causa asco y pena pensar en ellos.


Paseo en bicicleta

Septiembre 7, 2008

Motivado por una caricatura que salió el día de hoy, domingo 7 de setiembre en el diario Correo, por un conversatorio sobre la CVR en el que voy a participar el día de mañana con compañeros de mi base de Comunicación Social en la UNMSM y mi presente lectura, Hatun Willakuy, decido dedicar algunas líneas y resucitar mi blog con un tema (en realidad varios) que, a mi parecer, se halla en el centro de la problemática de un país todavía muy lejos de alcanzar una identidad nacional sólida: el pasado, y su corolario, el olvido.

Al viajar en bicicleta por las calles limeñas, siente una mayor cercanía con todas las peculiariedades que abundan en sus pistas y veredas que al viajar en un colectivo. A pesar de no haber tenido nunca la oportunidad de viajar en un auto privado, siento que mi transporte no motorizado me agudiza los sentidos. Y es en horas de la mañana cuando ya se me ha hecho costumbre encontrar a vagabundos echados en mitad de la acera por la avenida Tingo María, al lado de oscuros charcos de agua, remembranzas de las lloviznas que debieron sufrir de una manera que nosotros, quienes dormimos bajo un techo, no podríamos ni imaginar. Y, mientras mi cabeza voltea constantemente para evitar a los salvajes choferes y las inmisericordes combis, mientras esquivo los baches y mido mi respiración agitada, llego a sentir, aunque sea fugazmente, que algo está completamente fuera de lugar. No son ellos, tampoco soy yo, sino es el olvido y la indiferencia. Es que debe ser terrible ser completamente olvidado, hundirse en la impotencia, desaparecer entre las sombras… Ser invisible para los demás.

De niño solía pensar que quienes se quejaban durante décadas por cualquier cosa ya alcanzaban el nivel de “tercos” o “llorones”. Imaginaba que en situaciones parecidas, me diría a mí mismo que “lo pasado, pasado” y a seguir adelante. Tardíamente adquirí el necesitado respeto por el pasado de todo, pues nadie es otra cosa sino lo que ha sido construido en tiempos anteriores. En asimilar adecuadamente nuestro pasado de manera justa, digna, con una sonrisa y sin arrepentimientos es donde descansa la verdadera fuerza para continuar.

Que vayan quienes dicen que los años de la violencia en el Perú “ya fueron”, que ya los superamos, que hay que seguir adelante, a pregonar su cantaleta a todas las mujeres que perdieron a su familia, su dignidad, su dinero y sus propiedades a causa de esos “distantes” conflictos. Que ellos mismos reflexionen y se den cuenta que hay heridas que no cierran con el olvido ni con el paso del tiempo, que imaginen a sus consaguíneos en situaciones similares para ver si en pasar la página sin mirar atrás se halla la solución. Ninguno de nosotros podría siquiera acercarse a la realidad.

El pasado, lleno de triunfos o anegado de sangre, es lo más personal que el ser humano tiene y es, definitivamente, mucho más que una suma de dinero, que un número en un estudio o parte de un discurso populista. Un país que no estudia y respeta su historia, que no es conciente de la misma y que tan solo pretende mirar hacia adelante en búsqueda de tiempos mejores nunca hallará la manera de conciliar a su población, especialmente una tan diversa, poseedora de tan exquisito abanico de historias como lo es el Perú.

Un paseo en bicicleta por todo el Perú, sin vendas en los ojos y con los oídos bien abiertos para escuchar a algunos pobladores y simpatizar con ellos. Con la basta del pantalón sucia, la suela desgastada y el sudor en los polos, sin la estúpida idea que el status coloca a ciertas personas con poder por encima de otras y la convicción de que es posible charlar al mismo nivel con un limeño, un ayacuchano, un quechua-hablante o un selvático… Quizá eso bastaría para poder comenzar a sentirnos parte de un país que no se avergüenza de su pasado, de su diversidad y que no ve en la conciliación un signo de debilidad; conjunto de cualidades que toda persona con poder en el Perú debería poseer. Lástima que sea imposible.