Desigualdad social: ¿mal latente o presente?

Marzo 17, 2008

Desde hace ya varios días llevo siguiendo de cerca la discusión acerca de la fuerza y la existencia de la discriminación y el racismo entre Jorge Bruce y Martín Tanaka. No he tenido oportunidad de conseguir el libro del primero “Nos habíamos choleado tanto” ni de analizar sus razones para afirmar que el racismo y la desigualdad social son unos males presentes y notorios en nuestro país. Sin embargo, concuerdo con Tanaka (revisar su entrada respecto al tema) cuando afirma que la lucha contra la discriminación ha progresado increíblemente, sobretodo por parte de los subordinados.

En la actualidad, ante las denuncias por discriminación que surgen, uno se puede dar cuenta que la lucha contra el racismo está ahí, presente, fuerte, demostrando que el pensar a la sociedad como una estructura vertical es una demostración de ignorancia total, que el sentirse superior es un pensamiento absurdo.

Sin embargo, a pesar de que existen estas manifestaciones anti-racistas y anti-discriminatorias, todavía persiste una desigualdad social en una magnitud alarmante. ¿Cuál es, entonces, el problema de fondo que no se está atacando de manera eficiente? ¿Es la persistencia de estos lugares comunes discriminatorios por parte de las altas esferas elitistas la que impide erradicar la desigualdad social? ¿Son acaso los culpables quienes pertenecen al grupo menos favorecido por no buscar una manera sensata y adecuada de hacerse escuchar de igual manera?

Buscar si uno es más culpable que el otro termina siendo irrelevante, puesto que no lleva a una solución coherente. El racismo no se va a combatir colocando a un indígena frente a un blanco y diciéndoles “ustedes dos son iguales”, por más cierto que sea. Es que, así como ocraM, me quedo con la conclusión de Tanaka para comenzar a enfrentar la desigualdad: facilitar medios para permitir a los subordinados hacerse escuchar y demostrar que la discriminación y el racismo son cosas absurdas. Aquí pueden existir vías legales (como ejemplo la ordenanza en Abancay que condena la discriminación), descentralización de una educación eficaz, inclusión de lenguas madre en el ámbito legal y político (quechua, aymara, según predominen en una cierta región), etc.

Al final, la lucha contra el racismo termina siendo una labor conjunta de la cual nadie se puede ver exento. Y todavía queda un largo camino que recorrer.