Siempre pensé que el color de la puerta principal de la casa debía cambiar. El blanco que le daba un tono metálico, casi de consultorio médico, llamaba la atención a todo transeúnte de la calle. Peor aun, lo hacía y lo único que la puerta les devolvía a todos los curiosos era un escalofrío, como un cubo de hielo deslizándose por la espalda, o quizá el metal frío de una navaja. Carecía de perilla. En su lugar tenía un asa de color negro medio oxidada debajo del agujero de la llave, completando la absurda imagen de una casa que parecía haberse formado pieza por pieza por desechos reciclados. La escaza congruencia de cada parte con la otra era evidente. La mesa principal cojeaba y debajo de la entrada cerrada una abertura de casi un centímetro (parecía de diez) de altura permitía una tenue entrada de luz. Pero Vivi no sabía desprenderse de ella. Genial, un gesto de pena por parte de su difunto padre al ver que la madera se apolillaba fácilmente en nuestra entrada. Debías tener mejores recuerdos entre tus cosas, amor.
Las bocanadas de humo desaparecen en el techo blanco. Las puertas de madera pulida poseen ahora perillas inviolables, el teclado se empolva en una esquina y Álvaro no deja de mirarme, curioso al verme teclear en un aparato completamente desconocido para él. La neblina no me permite ver más allá del camino, pero sé que en el playa los barcos no dejan de llegar.
Cuando Viviana envió a nuestro hijo a cargo de su mamá, justo antes de pedirle que se quedara en su casa, supe que no volvería a verla. Ni siquiera dejó un recado, una carta, un poco de dinero. Nada. En todos los periódicos de la ciudad se retrataba la miseria que padecía. Sin embargo, ni siquiera mi querida Vivi me extendió la mano. Y Alfonso ya no sabía volver atrás. Al otro lado del mar, seguro que ambos viven felices en una casa llena de adornos y objetos inútiles. Y yo me consumo acá, mientras Álvaro no deja de acostumbrarse a la máquina de escribir.
Por debajo de la puerta, a través de esa enorme abertura que dejaba pasar el polvo de la calle, llegó un cuestionario a llenar. Cuando Alfonso vino de visita por última vez, encontró a Viviana llorando en el sofá y a su servidor tratando de consolarla, demostrando una vez más mi incapacidad de comprender a las mujeres. Él tampoco pudo creer que la guerra había comenzado y que ya habían empezado a convocar soldados… no, carne de cañón mejor dicho. Y no, no supe negarme, no supe imponerme otra vez. Alfonso dejó de lado su buzón de correo y decidió viajar. Y apelando de nuevo a mi escaza capacidad de comunicarme con las mujeres, envié a Viviana con él. Ella sabía que no podía acompañarme. Me intriga saber si, de habérselo preguntado como lo hice con respecto a su gesto de disgusto, me habría contestado con alguna excusa absurda como “Tengo algo entre los dientes y también algo que se me metió al ojo.” Los ojos negros y vidriosos con los que me despedí de ella todavía me perforan la nuca. Sí, aun ahora, sumergido en esta tierra de nadie, suelo preguntarme cada tanto qué habría sido mejor: huir con ellos o pasar junto a Viviana y Álvaro estos, mis últimos momentos en vida.
Si no hubiera neblina, seguro ya estaría temblando de miedo, pero en la noche la playa ya no se ve como antes. Ahora es un desierto, una tierra infértil, un lugar olvidado. Hace meses que ya no hay nadie en la ciudad. Huyeron y se llevaron todo. No enviaron nada de vuelta. Y ahora que miro a Álvaro me doy cuenta que heredó los ojos oscuros de su mamá. La nuca me vuelve a doler. Los ojos vidriosos, ese pequeño lago negro a través del cual Álvaro me mira, como si conociera nuestro destino; ese mismo lago negro gigantesco a través del cual viajan quienes han perdido a sus Alfonsos y a sus Vivianas por mi culpa; ese mismo lago negro que trajo el olvido de mi amor y de mis amigos.
¿Ves Viviana? Hubiéramos cambiado esa maldita puerta de hospital.
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