La mujer de las escamas doradas

Enero 29, 2008
Lisa siempre tuvo problemas con respecto al mar. De noche, ante la vastedad del océano y la inexplorable oscuridad de su reflejo, ella simplemente podía observar cómo la costa se desvanecía ante sus ojos, debajo de sus frágiles pies, mucho antes de que su vista encontrara el horizonte. Y sin embargo, esa era el único recuerdo que poseía acerca del mar desde muy niña. Cuando regresaba a descansar en su casa desde su oficina en La Nota atravesaba con cautela la carretera sobre el acantilado y el camino de la playa, para alcanzar el hogar que había conseguido comprar con los ahorros de su antiguo trabajo. Filmando bajo el puente y al pie de aquella pequeña comunidad de esteras, ladrillo y abandono; secándose siempre en su apartamento luego de haberse lavado el barro de los pies y el sudor mezclado con los mocos de los niños; llorando de vez en cuando frente a sus propias proyecciones; logró ensamblar un documental que el noticiero transmitió un domingo en la mañana, justo cuando nadie se despierta a ver qué pasa en la televisión y cuando todos están más interesados en prepararse un desayuno y salir con la familia. A pesar de eso, consiguió un puesto de trabajo estable en La Nota, y simplemente se limitó a editar reportajes y aparecer en letras pequeñas entre los créditos de las mismas. Suficiente con que le permitan vivir.

Cuando decidió mudarse con Mauricio a su pequeño apartamento, esperaba poder contar con el apoyo de sus padres, quienes desde hacía buen tiempo le enviaban remesas desde el extranjero para poder pagarse sus estudios y, posteriormente, su propia vivienda. Al poco tiempo, recibió una carta de sus tíos informándoles del fallecimiento de sus papás en un accidente en el subterráneo. La lástima y sus inconsolables lágrimas se vieron apaciguadas sólo cuando pudo acostarse por primera vez con ese chico que conoció en la universidad. Cuando intimó con Mauricio, su hambre de mundo, de sumergirse en la realidad que sólo podía contemplar por los periódicos y los noticieros nocturnos, de embarrarse de la coyuntura y poner en práctica todo lo que le había generado impaciencia en sus épocas de universitaria, la llevaron a vivir en su apartamento para uno junto a su enamorado, cerca a la comunidad de San Cristóbal. Contando con una cámara casera como único capital, comenzó a trabajar en su primer proyecto, el cual denominó como “Fuera del mapa”.

De casa en casa, atravesando tanto puertas como plásticos colgantes, pisando tanto piso de cemento como de tierra y codeándose con la gente que, desde la ventana de su apartamento nunca alcanzaba ver y que, sin embargo, existía en ese lugar, como entes invisibles para quienes no caminaran entre sus casas, filmaba siempre a mujeres y niños que esperaban pacientemente, casi resignados, a sus esposos y padres. En la ciudad, sabían desempeñarse vendiendo baratijas, manejando taxis e incluso uno que otro se desenvolvía como actor o bailarín en alguna obra de teatro presentada en un escenario barato. En su carro, mientras atravesaba esa noche el mismo camino al borde del abismo que llevaba al mar, recordaba las palabras de Mauricio para alentarla a seguir adelante, mientras podían vivir de los ingresos que les permitían la venta de pendientes de oro en el mercado que con tanto tiempo su pareja había conseguido erigir y mantener en medio de su perenne desempleo. “Tan sólo necesitas más casettes en blanco”, le decía en el momento justo que, a través de su ventana, Lisa encontró una pequeña casa amarilla sin ventanas en lo más alto de San Cristóbal, una que no había visitado.

Cuando corrió a un lado la cortina de plástico que fungía como puerta, la encontró postrada en un catre de madera, con una sábana agujereada hasta el inicio de sus senos y su cabeza, poblada con una cabellera canosa y arrugada, apoyada en una almohada con más parches que relleno. Al rato comenzó a percibir un aroma extraño, inherente al cuerpo de la mujer cuyo estado olvidado movió para siempre una parte de su conciencia. Cuando se decidió y tomó asiento al lado suyo, su mano rozó un agujero de la sábana, a través del cual contempló fragmentos raros que brotaban de su rodilla.

“¿Lo viste? -le dijo en un susurro, una exhalación casi agonizante-, es la enfermedad del Abandono. Mi hijo dice que me estoy volviendo una lagartija, pero yo me siento más como un pez fuera del agua”.

Cuando la anciana le permitió quitar la sábana para poder observar bien aquella rarísima dolencia, tuvo una sensación extraña. Entre pánico y lástima, contempló cómo brotaban placas doradas en las piernas de aquella persona de aspecto vacío, y cómo desde la cintura hasta el camino debajo de sus pechos desgastados, costras y heridas vivas poblaban toda la superficie de su piel. “Éstas han sido arrancadas. Las primeras dolían como si atravesaran mi piel con porras y cuchillos. Ahora ya no siento nada” susurró la mujer, sin vergüenza alguna de mostrar aquel paisaje devastador, siempre mirando el techo con expresión inmutable.

Atravesando el camino rumbo a su casa, mirando de cuando en cuando aquella infinita oscuridad al otro lado del camino llamada mar, se imaginaba un resplandor dorado nadando en el agua ágilmente. A veces todavía lloraba, como aquella noche lo hizo mientras manejaba su auto despacio, cuando recordaba la figura de Mauricio entrando de madrugada en el apartamento con una bolsa llena de placas de oro ensangrentadas. También lloraba cuando en sus grabaciones previas encontraba a los padres de familia de la comunidad acumulando piezas doradas para vender en la ciudad. La señora Patricia falleció al poco tiempo, luego de pedirle a Lisa que no hiciera pública su desgracia. La encontró inerte en su catre en el momento justo que fue a comunicarle que cumpliría con su deseo, el cual se convirtió en el último.

El temor que tenía Lisa con respecto al mar se hizo más grande debido a la incertidumbre. Debido a que nunca comprendió las razones de la anciana para no querer revelar al mundo el cómo tanto citadinos como marginados se aprovechaban del Abandono de los más olvidados para aprender a sobrevivir sin nunca mirar atrás a aquella persona vacía que simplemente no supo nunca cómo vivir en una tierra inhumana, al punto de sentirse como un pez agonizando fuera del mar.

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Divina decadencia

Enero 19, 2008
Bajo aquel sombrero solía descansar el anciano. Era ya costumbre el verlo deambular toda la noche por las calles, con un extraño objeto en la boca y un bastón como único acompañante. Los niños se escondían tras sus padres al cruzarlo por la calle, y éstos de tener a gente mayor que ellos todavía, habrían buscado refugio también. Todos tenían latente la maldita curiosidad en sus cabezas. El misticismo de aquel vejestorio andante cautivaba, asustaba, llamaba épocas pasadas… épocas que ya casi nadie podía recordar.

Cuando llegué a este lugar, tuve la impresión de que se semejaba bastante a mi hogar. Las calles limpias y la tranquilidad de los transeúntes, quienes pasean con sus hijos y sus parejas pensando simplemente en cómo asistir a la faena del día siguiente y cuidar a los niños simultáneamente, en conjunto con el tranquilo susurro de los autos deslizándose por las calles, creaban una naturalidad tan creíble como la existente en mi ciudad natal. Todo engranaba. Cuando un abuelo fallecía, un nieto ocupaba el lugar en su mesa. Alguien se retiraba del trabajo, y el siguiente turno iniciaba sin retraso. Todo medido, todo calculado. La armonía simplemente ha sido algo inherente a este lugar desde sus raíces. La única mácula en las veredas, aquella extraña figura de saco largo, zapatos desgastados y sombrero de ala. Cubierto en ese halo de lejanía y extrañeza que lo rodeaba… Absolutamente todos teníamos la certeza que bajo esa indumentaria no se ocultaría sino un desecho viviente. Ahora, desnudo ante este tribunal, desborda más melancolía que bajo cualquier traje.

Nunca tuvimos ningún motivo para traerlo bajo las luces intensas de la sala principal. Causar miedo y confusión nunca habían sido considerados delitos. Pero cuando un niño en estado de shock nos susurró las palabras que le dijo el anciano, entendimos que no podíamos dejar más en libertad.

“No lo recuerdas, pero lo sabes. Eso que respiran, es basura. La inmundicia de la que viven no es suya. Nada de esto es suyo. Todo lo creamos nosotros. Y todo lo destruímos nosotros”.

Despojado de su ropa, pudimos contemplar la rareza de su misma composición. Al tratar de arrebatarle ese objeto humeante de la boca, exclamó desafiante: “Devuélvanme mi cigarro”. El encargado de decomisarle sus posesiones lo decifró todo. En la bocanada blanca que emitía, existía carbono. Respiraba oxígeno. El color pastel de su piel lo confirmó todo. Es el último humano.

Era el primer caso en el tribunal de justicia en mucho tiempo. La tranquilidad imperaba en la colonia. La falta de experiencia paralizó a todos ante tal revelación. Redactarlo para los archivos me generaba una náusea enfermiza. Pensar… no… recordar que en el aire aun habían residuos del aire de aquella basura humana autodestructiva me llenaba de pánico. Por siglos se creyó que el oxígeno permitió el desarrollo del intelecto terrestre a un nivel tal que lo volvió cíclico. Regresaron a sus raíces primitivas. Arrasaron población tras población con maquinarias que se habían vuelto en los pulmones del mundo actual. Cuando los dos últimos sobrevivientes se miraron, se decidió el destino de su raza. El ansia de poder haló el gatillo de la mano del primero. El deseo de venganza haló el del segundo. ¿Cómo había sobrevivido éste?

Siglos sucedieron terminada la última guerra terrestre. El arribo de nuestros ancestros se dio al poco tiempo, cuando toda la vegetación fue eliminada y la producción de oxígeno se detuvo. Y nos establecimos en su sangre, y triunfamos en su fracaso. Conseguimos aquello que ellos nunca alcanzaron: armonía absoluta.

El primer fundador se erigió de su silla y pronunció palabras luego de tantos años de silencio en su cargo. “¿Quién eres? ¿Cómo observaste a tu especie extinguirse patéticamente sin hacer nada? Tenemos conocimiento de la inutilidad de los antiguos humanos en detenerse a sí mismos o los unos a los otros. Pero que hayas sobrevivido hasta hoy sobrepasa cualquier abilidad propia de ustedes… o de usted. Conteste”.

“Observé porque la humanidad se manejó siempre sobre sí misma. Intervenir habría sido privarlos de la libertad que todos poseíamos. Ustedes se embriagan en su sociedad perfecta, construida sobre nuestra carne y huesos. Nunca conocerán el placer detrás de ayudar a un niño necesitado. Jamás comprenderán el sentimiento de alegría detrás del perdón ni la urgencia por proteger a la propia familia. Conmigo muere la humanidad y su incapacidad de comprender que la libertad no es algo por lo que se compite, ni algo que se arrebata con discursos o armas. Es algo que se comparte”.

“¿Quién eres?”, preguntó nuestro ancestro. El anciano exhaló una última bocanada, señalando el piso, antes de desaparecer. “Ellos me llamaban Dios”.

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Lago negro

Enero 18, 2008
Viviana solía recordarme lo fácil que era manejar mis decisiones para otras personas. Cierto. Bastaba con que mi mamá soltara uno de sus reconocidos quejidos para que ya me tuviera limpiando la casa de esquina a esquina. O incluso la misma Vivi que, con un pequeño gesto de disconformidad (cómo olvidar ese angustioso arrugar de labios que tanto la caracterizaba), ya me tenía pidiendo de rodillas disculpas sin haber hecho absolutamente nada. “Levántate, tonto. Ya sé que no te puedo acompañar. Sólo que tengo algo entre los dientes.”

Siempre pensé que el color de la puerta principal de la casa debía cambiar. El blanco que le daba un tono metálico, casi de consultorio médico, llamaba la atención a todo transeúnte de la calle. Peor aun, lo hacía y lo único que la puerta les devolvía a todos los curiosos era un escalofrío, como un cubo de hielo deslizándose por la espalda, o quizá el metal frío de una navaja. Carecía de perilla. En su lugar tenía un asa de color negro medio oxidada debajo del agujero de la llave, completando la absurda imagen de una casa que parecía haberse formado pieza por pieza por desechos reciclados. La escaza congruencia de cada parte con la otra era evidente. La mesa principal cojeaba y debajo de la entrada cerrada una abertura de casi un centímetro (parecía de diez) de altura permitía una tenue entrada de luz. Pero Vivi no sabía desprenderse de ella. Genial, un gesto de pena por parte de su difunto padre al ver que la madera se apolillaba fácilmente en nuestra entrada. Debías tener mejores recuerdos entre tus cosas, amor.

Las bocanadas de humo desaparecen en el techo blanco. Las puertas de madera pulida poseen ahora perillas inviolables, el teclado se empolva en una esquina y Álvaro no deja de mirarme, curioso al verme teclear en un aparato completamente desconocido para él. La neblina no me permite ver más allá del camino, pero sé que en el playa los barcos no dejan de llegar.

Cuando Viviana envió a nuestro hijo a cargo de su mamá, justo antes de pedirle que se quedara en su casa, supe que no volvería a verla. Ni siquiera dejó un recado, una carta, un poco de dinero. Nada. En todos los periódicos de la ciudad se retrataba la miseria que padecía. Sin embargo, ni siquiera mi querida Vivi me extendió la mano. Y Alfonso ya no sabía volver atrás. Al otro lado del mar, seguro que ambos viven felices en una casa llena de adornos y objetos inútiles. Y yo me consumo acá, mientras Álvaro no deja de acostumbrarse a la máquina de escribir.

Por debajo de la puerta, a través de esa enorme abertura que dejaba pasar el polvo de la calle, llegó un cuestionario a llenar. Cuando Alfonso vino de visita por última vez, encontró a Viviana llorando en el sofá y a su servidor tratando de consolarla, demostrando una vez más mi incapacidad de comprender a las mujeres. Él tampoco pudo creer que la guerra había comenzado y que ya habían empezado a convocar soldados… no, carne de cañón mejor dicho. Y no, no supe negarme, no supe imponerme otra vez. Alfonso dejó de lado su buzón de correo y decidió viajar. Y apelando de nuevo a mi escaza capacidad de comunicarme con las mujeres, envié a Viviana con él. Ella sabía que no podía acompañarme. Me intriga saber si, de habérselo preguntado como lo hice con respecto a su gesto de disgusto, me habría contestado con alguna excusa absurda como “Tengo algo entre los dientes y también algo que se me metió al ojo.” Los ojos negros y vidriosos con los que me despedí de ella todavía me perforan la nuca. Sí, aun ahora, sumergido en esta tierra de nadie, suelo preguntarme cada tanto qué habría sido mejor: huir con ellos o pasar junto a Viviana y Álvaro estos, mis últimos momentos en vida.

Si no hubiera neblina, seguro ya estaría temblando de miedo, pero en la noche la playa ya no se ve como antes. Ahora es un desierto, una tierra infértil, un lugar olvidado. Hace meses que ya no hay nadie en la ciudad. Huyeron y se llevaron todo. No enviaron nada de vuelta. Y ahora que miro a Álvaro me doy cuenta que heredó los ojos oscuros de su mamá. La nuca me vuelve a doler. Los ojos vidriosos, ese pequeño lago negro a través del cual Álvaro me mira, como si conociera nuestro destino; ese mismo lago negro gigantesco a través del cual viajan quienes han perdido a sus Alfonsos y a sus Vivianas por mi culpa; ese mismo lago negro que trajo el olvido de mi amor y de mis amigos.

¿Ves Viviana? Hubiéramos cambiado esa maldita puerta de hospital.

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