Este año no usé escarapela

Julio 30, 2007
Sin profesores de colegio que me obliguen a colgar una de mi uniforme todos los días del mes de julio, no tuve la iniciativa de comprarme una nueva o de buscar una antigua. Lo digo sin pelos en la lengua: Este año no usé escarapela. Creo que la festividad trasciende por mucho lo simbólico.

Se acabaron las Fiestas Patrias.Tuvimos inauguraciones de hermosas piletas en el Parque de la Reserva, una que manó pisco y la cual convocó una increíble cantidad de sedientos en la Plaza de Armas, mil y una formalidades casi rituales de los políticos, un nuevo presidente del Congreso, un mensaje a la Nación, desfiles, parada militar y niños alucinándose cachacos bajo la tutela de padres que creen que ser patriota significa ser militar. Luego de un clima tan tenso como el que asoló el país hace poco tiempo, estas fiestas nos han servido para replantear objetivos, pensar un poco más en nuestra nacionalidad y concientizar los pros y contras de nuestra realidad. O ese debía haber sido el efecto. Es como creer que en Semana Santa la gente reflexiona y hace penitencia.

Según la prensa, los políticos y el mismísimo Presidente, el Perú sigue creciendo, descentralizándose, expandiendo sus mercados y luchando contra el analfabetismo y las desigualdades sociales y económicas. No cabe duda que, incluso desde el gobierno anterior, el país viene progresando, dándose cuenta de sus eternos errores y tratando de encaminarse en una ruta que por fin nos ayude a avanzar unitariamente. Pero la misma lupa sigue analizando al Perú, la cual considera todo lo que observa como números, cifras, dinero, economía y estadísticas. Se plantean metas para el 2011 con la misma filosofía, hablando de los progresos que vamos teniendo con porcentajes comparativos y especulando que de continuar así el Perú ya no va a ser tan pobre como lo es ahora (tanto palabreo le da al mensaje a la nación el mismo peso somnoliento de la eterna homilía en Pascuas). Los políticos proponen leyes para evitar convulsiones sociales capaces de seguir espantando más a los extranjeros en vez de desinflar un poco su orgullo y su vanidad diciendo que la próxima vez atenderán los reclamos de las huelgas más velozmente. Así se planea perfeccionar el país. Sin embargo, aun anhelo escuchar una respuesta a la interrogante que muy pocas veces nos planteamos… ¿Qué es el Perú? Es imposible inducir un progreso sin cimentar las bases, sin reconocer la naturaleza multicultural de nuestra nación.

El eterno riesgo de unificar, descentralizar y democratizar nuestro país es el mismo que el que presenta el modelo globalizador a escala mundial: el implantar una cultura masiva estereotipada en lugar de unificar y adaptar las diversas culturas existentes de manera horizontal. Si bien esa eterna discriminación existente hacia aquel mundo rural andino siempre presente, o ésa que nos hace ver una cultura selvática como recóndita, salvaje y desconocida, ha ido disminuyendo; este progreso sigue sin ser considerado como las riendas culturales que deben encabezar la descentralización de la que tanto se ufana el actual gobierno. Dándole más dinero o autoridad a los diversos gobiernos regionales, tirándoles la pelota a los alcaldes y lavándose las manos, el Presidente no puede esperar lograr una unificación o una descentralización. Es más, esto acentuaría las diferencias, alejaría a las provincias. Entonces, ¿dónde queda el Perú?

Tan sólo cabe esperar que la bonanza económica hacia la cual marchamos teóricamente nos facilite la unificación. Hace mucho que las cadenas que nos atan al subdesarrollo dejaron de ser puramente económicas. Es preciso abrir los ojos y darse cuenta de nuestra realidad, no económica ni demográficamente, sino humanitariamente. Que la pluralidad de tradiciones y culturas que forman el Perú no sean una condena, sino una ventaja, un orgullo. Reconocimiento en lugar de exclusión, unión en lugar de diferenciación. Así, quizá, el patriotismo se sienta más. Así, quizá, piense en usar una escarapela por gusto propio.

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Razones sin motivo: ¿la política del pueblo o del mendigo?

Julio 23, 2007
Las cosas ya se han tranquilizado y poco a poco el Perú vuelve a su cauce. Han surgido diversos proyectos de conversaciones para terminar de limar las asperezas que se han presentado estos últimos días. El Gobierno pareciera que ya se dio cuenta que es mejor dialogar que golpear, y los titulares que reemplazan esas primeras planas apuñalantes que inundaban los diarios hacia uno u otro bando, ahora son gritos a viva voz de redención y buenos entendidos. Pero algo que no se suele hacer es analizar los motivos de un importante suceso nacional, sea éste positivo o negativo, para comprenderlo más a fondo. Antes de pasar la página, sería bueno desmadejar este malentendido para tratar el problema de raíz. ¿En realidad fueron necesarios 15 días de paralización y conflictos para llegar a donde estamos?

Usualmente, las huelgas de trabajadores buscan esos sedantes de corto plazo con los que la mayoría de veces se cree solucionar los problemas nacionales. Generalmente, una alza de sueldos, o una reinserción de trabajadores despedidos. Siempre pragmáticos pero inútiles. Sin embargo, la última ya se impregnaba de un tinte ideológico izquierdista. ¿Que el gobierno quiere ocasionar un despido masivo de profesores? ¿Que el presidente busca privatizar la educación? ¿Que no hay ningún programa que albergue a los hipotéticos profesores incapaces eliminados? Definitivamente, una consecuencia de la desinformación de las clases media/baja y baja de todo el país. Si sucede un despido masivo de docentes, los únicos causantes de eso serán los mismos maestros que no saben siquiera lo que enseñan. Una privatización… Por donde vea la Ley de Carrera Pública Magisterial, no encuentro ningún indicio que aleje al Estado del sistema educativo, a menos que consideren que el reconocimiento a los buenos maestros y la eliminación de la ignorancia sean medidas capitalistas. Y la última interrogante… No sean conchudos. El ser buenitos y dejar que los eternos desentendidos y los malos maestros sigan impregnados como lapas del sistema es encadenarnos al retraso.

La columna vertebral de la protesta, según el mismísimo líder, son puras conjeturas, mero producto de motivos que siempre arrastramos: aversión por la política nacional, malestar social hacia las autoridades, la enorme brecha existente entre los que pueden y se mantiene arriba y los que no pueden y no saben cómo buscar una mejora y la desinformación del clásico peruano que protesta, patalea y rompe sin conocer en lo más mínimo por qué lo hace. Lastimosamente, quienes resultan acercándose más al pueblo son aquellos radicalistas que buscan el apoyo de medio Perú necesitado para acaparar atención y congestionar la prensa y la opinión pública. Un leve tufillo del clásico mendigo que, para conseguir unas pocas monedas, se contenta con quejarse siempre y contarte lo desgraciada que es su vida para apelar a tu misericordiosa y altruista alma. El vivir de la compasión ajena ya cae en el parasitismo. El compadecerse del pobre sin detectar el facilismo en el que viven es caer en la bobería. Eso por parte de la esquina roja.

Y en la esquina azul tenemos un Gobierno que no parece comprender que la distancia entre pueblo y política no es saludable. Creer que la iniciativa de limar diferencias y consensuar acuerdos vendrá de un grupo de ciudadanos que tan sólo saben alimentar la discordia (parece darles buenos resultados) es infundamentado. “Yo gobierno, yo tengo el poder”. Quince días bastaron para demostrar que los Poderes del Estado no pueden con su pueblo. El diálogo se demoró mucho en llegar. Personalmente culpo al orgullo del político y a los caprichos desinformados del pueblo. Y como no existe una bala mágica que elimine el problema, alguno de los dos bandos tendrá que darse cuenta que lo que fragmenta a este Perú tan atomizado son, en realidad, puros prejuicios.

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¿Qué, ya se acabó la huelga?

Julio 20, 2007

“Es una situación bastante tensa la que pasa ahí afuera. Los profesores no sabemos si alguien nos escucha, recién los últimos días el Gobierno ha dado señales de atendernos, pero en su mayoría todos están desentendidos con las autoridades. Supuestamente hoy sale la nueva Ley de Homologación en El Peruano. Hasta que no salga, voy a tener que apegarme al acuerdo de los profesores de esta carrera y no dar clases”.

Ese fue, en resumen, el pequeño discurso que nos dio nuestro profesor de filosofía hace unas tres semanas. Los días siguientes, las clases continuaron normales para la mayoría de cursos, excepto por la asignación antes mencionada. Perdimos horas, las evaluaciones se atrasaron, la entrega de notas se tuvo que posponer y varios desencajes más que se suscitaron en mi facultad se fueron añadiendo. Asimismo, mi profesora de comunicación social no se presentó por acatar la huelga las últimas semanas, y hasta ahora sigo sin conocer el resultado de mis trabajos de éste, mi primer ciclo universitario. Así sentí yo la huelga y la paralización de los docentes a nivel nacional. Ni más ni menos. Hace poco la tan afamada homologación llegó y los catedráticos volvieron a sus actividades normales. Sin embargo, el Perú entero estuvo de cabeza durante dos semanas.

Dicen que perdimos dos millones de horas académicas de clases escolares, al igual que muchos gastos en propiedades destruidas y en los actos vandálicos de nuestros queridos docentes. El Perú se paralizó y, no contentos con eso, los sectores agrarios, mineros y constructores les siguieron los pasos. Y luego de tantos dimes y diretes, al fin vino la calma después de la tormenta. ¿Valió la pena? Dijeron que el Gobierno quiere privatizar la educación, despedir docentes, hacer dinero cobrando enseñanza… Dijeron que los manifestantes eran una agrupación de “comechados” que sólo buscan llenarse los bolsillos de dinero fácil afectando a sus alumnos con una pésima educación… Que la nueva ley de Carrera Pública Magisterial convocara ambas partes y, además, reactivara los sectores paralizados del país ya es bastante mérito. El lograr un concilio entre los trabajadores estatales, tan desentendidos con la política nacional, y el Poder Ejecutivo es un mérito que no debe pasar por alto. ¿Cada cuánto vemos esto?

La CMP propone una reforma en el nivel educativo de alcance nacional (con suerte, suficiente como para llegar a esa enorme cantidad de remotas escuelas inauguradas por Toledo), con interés social por una educación de calidad, motivadora, atractiva, ética, cívica y ene cosas más. Sin embargo, entre tantas rosas hay varias innovaciones que merecen ser resaltadas: los cuatro niveles Magisteriales, los programas de capacitación permanente y sistemas de remuneraciones y sanciones a los docentes. Si bien algunas de éstas se hallaban anteriormente en el papel, al fin se planea aplicarlas. Sólo nos queda desear que la ley tenga los resultados que esperamos, siempre apelando a que la vocación y la competitividad (ejem… dinero) moverán a los docentes hacia una mejor calidad educativa. En conclusión… si quieren plata, dejen de quejarse y enseñen bien.

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Afuera de la bestia, adentro de la bestia

Julio 20, 2007
Hay una voz latente, dormida y pasiva en todo el Perú. Es la voz de los muertos que nos traen un mensaje vivo. Que nos hablan a gritos y nos tratan de arrancar esa venda de los ojos, ésta que nos obliga a sentirnos especiales por ser más extranjeros que peruanos, por saber inglés y despreciar el quechua, por alabar a los gringos y maltratar a los serranos. Quienes hacen surgir esta voz de esa pasividad en la que la enterramos, quienes nos recuerdan nuestra verdadera esencia, son muy pocos y, lamentablemente, muy erróneamente criticados por aquellos que no saben ver, para quienes todos los cholos, los serranos, van en un solo saco que debería estar muy lejos. Hace dos décadas, “¡terrorista!” sin haber cogido nunca un arma. Hace una década, “¡opositor!” Próximamente, “¡peruano!” Y los marginarán sin que se den cuenta. No pueden ver que ellos también pertenecen a ese mismo saco.

Todos sabemos que el Perú es pobre. Que tenemos millones que se mueren de hambre y que en cada vuelta de la esquina siempre vamos a tener a un vendedor de caramelos dispuesto a subirse a una combi o a un mendigo cuya taza resuena con una moneda de diez céntimos y una chapa de gaseosa personal. Lo vemos, lo escuchamos, tenemos estadísticas precisas, noticias día a día, experiencias hora tras hora, conversaciones álgidas sobre el tema. ¿Por qué no reaccionamos? Nos hallamos tan sumergidos en esta realidad que ya no reconocemos la inestabilidad de nuestra sociedad. Es acá donde los medios, las artes y las tradiciones obtienen un papel protagonista en la superación de esta gigantesca masa que ignora su propia gran mezcla de sangres. ¿Lo logran? Las únicas acciones que se llegan a concretar son las mal tomadas. Xenofobia, terrorismo, lucha armada, protestas, aversión política… Tan sólo una venda de distinto color. Terminan cayendo en el mismo error, en el mismo rechazo de su propia naturaleza, de su cultura.

Y así se muestra la balanza. A la derecha medio Perú, ya no descansando, sino regodeándose en sus laureles, felices, tranquilos, voraces: las auténticas fauces de la bestia de Moro, de una Lima que ya no se limita a la capital. En el otro plato, más callados, más inmersos en sus labores, aquellos que no pudieron atender a un buen colegio, conseguir un título, quienes llevan generaciones mal enrumbados, los que sin ser adultos ya muestran rostros demacrados: los digeridos por esta degolladora sociedad. Pecan de inocentes (¿o de facilistas?). Suelen ver al cielo a ver si Papá Gobierno les suelta migajas para depredar, si les lanza una soga para treparse a esa vida cómoda que ven y que anhelan alcanzar. Precisamente, ante el primer vestigio de vida fácil, se lanzan, ignorantes, simples. Si los de arriba miraran hacia abajo más a menudo. Si los de abajo dejaran de pensar que la vida allá arriba es fácil.

Y la prensa dirá a viva voz “El PBI aumentó… Los niveles de pobreza descendieron…” para luego comentar “… los sectores más pobres del Perú no lo sienten”. El mismo discurso usarán los políticos, las autoridades, todos y cada uno de los curiosos personajes encargados de manejar este frágil Estado. Y los conformistas, los vendados, los ciegos repetirán e incluso se lo creerán, pertenezcan al grupo que pertenecen, apoyen a quienes apoyen, vivan donde vivan. Sin embargo, los que ni siquiera pueden acceder a los medios de información más básicos no lo sienten, efectivamente. Aquellos que escuchan latir esa voz transparente, la que te llama desde el fondo de la misma tierra que pisas y desde las más inhóspitas alturas de los Andes, aquellos que también son Perú, desaparecen… siempre desaparecen a pesar de estar ahí.

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Sin tocar el suelo

Julio 19, 2007
A Fátima, por ser lo que es: mi universo.

De noche me encanta contemplar las estrellas. Tan simples, tan luminosas, y sin embargo, tan distantes, tan falsas. Nunca sabré si aquellos astros que siempre se asoman al ocultarse el Sol realmente existen, o si son simplemente residuos de su mortal paso por el universo. Aquellas estelas luminosas que adornan este cielo y lo llenan de esa magia, incluso ellas nos pueden mentir cruelmente. Miles de veces me imaginé a una convocándome, como una abstracta imitación de una bella mujer, a conocerla, a verla de cerca, a volvernos íntimos y compartir la eternidad. Al día siguiente, aquella ya no estaba. En realidad, nunca estuvo cerca, nunca la tuve entre mis brazos, jamás pude oler su cabello y deleitar mi vista con sus etéreas figuras. Así como ella, muchas también me abandonaron, con la simpleza de un suspiro, bajo la tranquilidad de la noche, buscando iluminar otras ventanas, coquetear con otros ojos, juguetear con otras almas.

Recuerdo que millones de veces te comparé con todo el firmamento. “Las estrellas, incontables e infinitas, siempre huyen de mí. Lo hacen porque no pueden opacar los hermosos rayos de luz con que tus sonrisas llenan y desbordan mi hueco corazón”. Tú solo sabías sonreír, ocultarte tras tus hombros encogiendo tu cuello y mirarme de reojo, quizá los labios, quizá los ojos. Yo sólo sabía atesorar esas sonrisas tímidas como el más grande logro que jamás haya alcanzado, como si toda la fragilidad del mundo se acumulara en tu mirada y esperara ser capturada. Luego, sólo te abrazaba. Un instante te miraba a los ojos, al siguiente ya no veía nada. Sentía tus labios. Las estrellas habían huido ya. No quedaba ninguna.

Nunca estuve acostumbrado a ser frágil. Ante la soledad, sólo sabía mostrarme indiferente, absurdo, orgulloso. Creía que así dejaría de necesitar de los demás y, especialmente, de las estrellas. En esa patética inmovilidad me estanqué e involuntariamente me volví más vulnerable. Como el universo, tan vasto y cambiante, así igual cambiaba mi entorno. El cielo era otro, la tierra era otra. Lo único que sabía hacer era erosionarme, padecer en silencio, mirar callado y admirar lo inaprehensible. Y una de esas tantas noches en que me perdía, a través de mi ventana, en la inmensidad del mundo, te vi cruzar la pista. Parecías una más, un cometa, una hormiga, una vana imagen que jamás tendría frente a frente. Eras una estrella, pero siempre volvías. Cada noche, en un ciclo circular, caminabas por el mismo lugar, como si supieras que yo te veía a la distancia a través de mis ojos cansados. Pero juraba ya conocer el final de la historia: Al final, como el cielo, tú también desaparecerías. Pero bajé, crucé la pista y puse mi mano en tu hombro. Nunca supe preguntarte… ¿Por qué no te sobresaltaste?

Ahora es de noche. El cielo no tiene ni una estrella asomándose y el horizonte limita el universo y mi visión. El concreto está frío y nada se mueve a mi alrededor. El mundo… la tierra se ha detenido y las estrellas no saben volver. Sin embargo, aun en esta inmovilidad, yo sé que tú volverás. Sí, como aquella calle que siempre cruzabas, como aquella sonrisa que siempre esbozabas. Hice bien en conservar la belleza de tu alma y no me arrepiento ni un solo segundo. Aun ahí abajo, detrás del concreto, de la tierra, sé que reposas con una sonrisa y me esperas con aquella fragilidad con que te sabía abrazar. Al final, te supe convencer de que el firmamento es tan sólo una patética figura abstracta de lo infinito. Que, a diferencia de ella, tú eras una hermosa escultura de la felicidad y la sencillez, también infinitas. Supe apreciar tu constancia y contestarla toda mi vida. Por eso estoy aquí, ante tu lápida, esperándote sin ningún arrepentimiento. Nunca fuiste estrella, siempre fuiste el universo. Te lo repetí siempre, y eternamente ambos seremos mundo, fragilidad, belleza y amor. Mi lápida está al lado de la tuya, también fría, también mohosa. El horizonte ya se desdibujó. Aquí estás y pronto emergerás para desvanecernos en la eternidad.

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