Tirado bajo la sombra de un árbol, analicé a la gente que pasaba frente a mí. Si iban con rumbo o no, lo ignoro. Sólo puedo afirmar que, con miradas perdidas y por pura inercia, caminaban. Fue entonces que recién pude ver el bosque de hilos que apareció frente a mí. Se ondulaban con el ulular del viento, brillaban junto con el polvo y la arena, arrastraban cuales candados a prisioneros de su propio costumbrismo. Un joven se acercó a una pequeña tienda, rebuscó en su bolsillo y compró un paquete de galletas. Atrás suyo pasaron dos más que se quejaban a viva voz de su miseria. Una señora jalaba a su hijo entre los carros de una carretera impasible, mientras que un colectivo aceleraba repentinamente para sobrepasar a un taxi, cuyo único pecado fue viajar pegado a la acera derecha. Atrás mío pude atender varias voces. Hablaban fugazmente acerca de temas políticos, metafísicos, académicos, pasionales, sin retroalimentación alguna. Sus mandíbulas se hallaban tensadas por aquellas extrañas presencias, delgadas y silenciosas, manejándolas a su antojo. Y mientras se alejaban, desistí de seguirlas con la mirada y elevé la vista. Analicé la primera estrella que se asomaba en un cielo azulado.
¿Para qué? La pregunta palpitó en mi alma, desquebrajándola. Todo engrana, es un gran sistema, es un todo del cual yo soy tan insignificante parte. La realidad es un reloj de precisión suiza. Te obliga a quitarle a quien no tiene, a luchar batallas que no existen, a tomar perspectivas y odiar sin méritos ni pecados cometidos. Incluso todo intento de lucha “en contra” de esta insana realidad tiene un propósito, un diente en el engranaje que es necesario para que la rueda siga girando. Si una moral altruista te posee y te hace darle lo todo lo tuyo a alguien que no tiene, pasarás de ser señor a ser vasallo, ante la insatisfacción del que obtiene algo sin luchar antes. Los papeles se invertirán y el orden seguirá. Estoy sentado sobre un césped que brota porque alguien lo riega y lo poda, contemplando un cielo que cambia, cuyo color es tan solo una ilusión del sentido más seductor, la vista, y me hallo analizando un destello que quizá ya no es estrella, sino un rayo de luz que todavía no deja de viajar. Entonces sentí pavor. Mis piernas, mi cabeza e incluso mis ojos sintieron el tirón de aquellos hilos que me llamaban otra vez. ¿Para qué resistirme? Completé la pregunta. Y entre aquel bosque de hombres ausentes, me puse a caminar.
Al final del día, lejos de toda esa multitud inconsciente y contemplando una hoja en blanco entre el desorden de mi escritorio, sentí de nuevo aquella presión. La misma naturaleza de la humanidad puede arrastrarnos a un estado de desesperación e impotencia tan absorbentes que se pierde la noción del tiempo, de los días pasados, de los años transcurridos. A veces quien camina ya no lo hace por voluntad propia, quien piensa no lo hace por decisión suya sino por influencia ajena, quien habla no pronuncia sino voces lejanas. Uno puede perder su propia identidad sumergido entre toda la agilidad de este mundo, tan insaciable como infinitamente diverso; tan indomable como poco aprehensible. Los hilos te guían, te manejan. Me incliné a coger un lapicero. Al instante los hilos se aflojaron. Contemplando la hoja vacía, pude dar un suspiro. Al fin, libre de cualquier sistema, solo veía cómo se desplazaba la punta ágilmente sobre el papel.
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Escrito por Gustavo Kanashiro 