Su primera visión, al abrir los ojos, fue una lágrima aterrizando en el asfalto, ahora empapado de sudor y manchado de su propio vómito. Sentía como si lo hubieran arrancado salvajemente del vientre de su propia madre. El cuerpo ardía de dolor, como si reposara sobre brasas rojas; y al ver figuras nublosas e irreconocibles, detectó que su cabeza no dejaba de dolerle, a pesar que aquella sensación le era ahora imperceptible. Apoyado en sus brazos temblorosos, buscó levantarse y ponerse de pie. El olor de su propia bilis amenazaba con dejarlo inconsciente de nuevo.
Secas las lágrimas y ya tranquila su mente (mas no su alma), con piernas temblorosas, se halló a sí mismo hundido entre sombras altas y frías que lo sumergían en un largo pasillo. Al fondo, casi en el horizonte, observaba siluetas moviéndose impasibles desde el este, blancas y, sin embargo, grises, entre la oscuridad de su contexto y la penumbra de la soledad. La niebla, que antes le sugería que era momento de abrigar sus cosechas y albergar a su ganado, ahora le infundía un temor y el escalofrío de lo desconocido, de un animal peligroso, de las garras de la muerte. Se preguntó si se hallaba en el estómago de aquella sombra de plumas giratorias y ojos grandes y vidriosos. Recordó, y tragó saliva. Buscando encontrar algo parecido a aquel ser místico en el aire, se topó con un techo alto y gris. Estaba encerrado en un lugar estrecho, sin salida, sin opción. Era avanzar a través de esa terrorífica niebla, o girar. Optó por mirar atrás. Cientos de miradas le contestaron el gesto.
Tras unos negros barrotes, encontró un cúmulo de cuerpos inertes. Expresiones de cansancio, de resignación y de piedad se hallaban congeladas en aquellos ojos abiertos, húmedos y fríos de los cadáveres que, uno sobre otro, creaban una representación viva de la muerte propia. Alrededor de aquella espantosa visión, se hallaban hombres y mujeres trabajando. Unos tejían, otras doblaban ropa, otro pequeño grupo lavaba. Y entre tanto esfuerzo ciego, notó que un cuerpo más caía al piso, exhausto, muerto. Entre su sorpresa y su pena, el color de la vestimenta de aquel hombre le recordó un patrón familiar. Bajó la vista y notó que, entre el negro ambiente, su ropa de colores vivos y ordenados sobresalían, hermosos, honorando el color de la naturaleza que tanto amó. Se quitó el chullo de su cabeza y detectó los mismos colores, casi iluminando aquella prisión gélida. Le tomó segundos, pero detectó el parecido. La ropa del hombre que acababa de morir era como la suya: viva, colorida, de patrones y figuras en honor a sus dioses. Recordó el ruido de la puerta, y un rostro que se asomó de su hogar, asustado, a buscarlo antes de salir volando por la presencia de aquella ave negra. Ese rostro se encontraba ahí, tirado en el piso. Era su padre.
Trató de huir. Atravesó la niebla, gritando y llorando. El frío obligó a sus piernas a enredarse, y el niño cayó. Al levantar la vista, detectó que se hallaba afuera, inmerso en una ciudad desconocida, monstruosa y llena de sonidos estruendosos. Hombres de trajes serios, blancos y negros, con corbatas de colores opacos caminaban, apurados, sin rumbo fijo. Las mujeres, delgadas, adornaban sus rostros con sonrisas falsas y su cuerpo con vestidos ajustados. Charlaban fluidamente. Notó que, como su celda, habían muchas más ahí afuera, camufladas entre tantos edificios. Dentro de ellas, pudo ver conocidos, familiares, extraños de vestimenta colorida y desgarrada por el tiempo. Entendió que era inútil tratar de escapar. Resignado, miró al cielo. Edificios se levantaban por encima del techo de las celdas, y decenas de aves de plumas giratorias y de pilotos humanos atravesaban un cielo gris que ocultaba al sol. Ni siquiera su dios podía iluminarlo ahora.
Giró sobre sí mismo, y caminó lentamente hacia los barrotes negros. Un señor le abrió la puerta de ese espacio adonde todos entran derrotados, y el niño de colores pasó. Tomó asiento y, sin darse cuenta, alimentó aquella voraz ciudad, junto con todos aquellos hombres de mirada triste. De la pila de muertos, salió una pequeña serpiente. Ésta se acercó al chico, quizá buscando comida. El muchacho, ahora incapaz de recordar su propio nombre, su pasado, su origen y el verdor de los campos que rodeaban el altar donde cantaba a sus divinidades, cargó al pequeño reptil y susurró su nombre… amaru.
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Escrito por Gustavo Kanashiro 