Por la Pachamama

Junio 26, 2007
Cuatro temas prevalecen en la opinión pública actualmente: el Tribunal Constitucional y todos sus enredos, roches, pañuelos sucios y dimes y diretes que han volado entre candidatos y congresistas; la nueva y controversial ley que consiente las relaciones sexuales entre adultos y jóvenes desde los 14 años y toda discusión política, moral, religiosa, sexual y poco relevante respecto al tema; las celebridades que se han pasado los últimos días confundiéndose entre las multitudes turistas en Machu Pichu, a quienes les damos (además y lastimosamente) una imagen de “pueblo en continua sanación” con muchos lugares en los cuales se aplica la célebre frase de González Prada: “Donde se pone el dedo, salta la pus” (estrellas rojas senderistas en maletas, ¡insulto al pueblo víctima de Sendero!… ¿hasta ahora?); y por último la nueva gran noticia que busca resucitar la imagen criminal de quien hace una década tenía a medio Perú apoyándolo, defendiéndolo y tarareando sus canciones… “¡Chino, chino!”

Sin embargo, hace poco ha comenzado a surgir una nueva voz viva y, con suerte, positiva: Si no hay mayores problemas, antes de Fiestas Patrias el congreso norteamericano estaría aprobando el Tratado de Libre Comercio, ya enmendado y pulido por el Mincetur. Según afirma la ministra de Comercio Exterior, Mercedes Aráoz, esta última revisión incluye “protección en el tema laboral, ambiental, cuidado y naturaleza, con un mayor control a la tala ilegal.” Y es muy probable que ahora vuelvan a resucitar los fósiles que creen que el Perú puede codearse por su cuenta propia con los mismos estados sudamericanos que nos llevan años luz de ventaja social y económica, coreando un estribillo casi olvidado en la actualidad, que recuerdo cuelga empolvado cerca de la Plaza Bolognesi: “NO al TLC”.

Es triste aceptarlo, pero en el mundo actual, sumergido en este sistema competitivo, capitalista, decapitador, quien no avanza a las velocidades que las primeras potencias exigen, pierde. Es entonces que muchos países buscan algún potencial nacional que explotar. Tenemos, como ejemplo, a la gran China, cuyo mayor potencial son, precisamente, los chinos. La mano de obra allá abunda y (bien o mal) la utilizan para producir masivamente productos exportables (Made in China). Otro ejemplo es Brasil, quienes buscan recursos energéticos en los lugares más impensados. Y es que allá, incluso la basura es de tan buena calidad que puede producir energía. El Perú no se ha quedado atrás, promoviendo ideas como el Canon Minero, que tuvo especial importancia la década pasada, y ahora con el actual gobierno aprista. Pero, sigue sin sentirse la mejora. ¿Es acaso porque el progreso es tan sutil que pasa desapercibido? ¿Acaso este progreso está mal dirigido?

De cualquier manera, hay algo que sí es indudable: un Perú que busca respuestas en las particularidades no puede salir adelante como Estado. Se deben buscar vías de desarrollo que halen al país fuera de ese hoyo llamado “subdesarrollo”, no desde puntos específicos, sino desde todos sus extremos, de manera uniforme, con un desarrollo correctamente distribuído. ¿Dónde encontrar este camino?

El Perú es uno de los países con mayor diversidad de fauna y flora domesticada y endémica, cuyas vías de empleo y de desarrollo provienen desde antiguas tradiciones andinas muy subestimadas. Es de importancia capital el conocer y el desarrollar el potencial oculto en los diversos ecosistemas peruanos, cuyo correcto uso proporcionará puestos de trabajo, dinero, capital y remuneraciones al a veces olvidado agricultor y ganadero peruano. Si es cierto lo que mencionan las autoridades correspondientes acerca del TLC, entonces éste nos proporcionará una vía adecuada de explotación y protección de los distintos productos peruanos tan requeridos en el extranjero. Así, quizá, dejemos de sobresalir como país cocalero, exportador de droga a Europa y Norteamérica, y pasemos a ser un Estado en vías de un desarrollo sostenible y palpable. De repente, la gran y olvidada Pachamama sea la que nos salve esta vez.

Powered by ScribeFire.


El nihilismo de un papel en blanco

Junio 21, 2007
A veces uno puede sentir los hilos que lo atan a esa mano invisible, malévola y ciega, que te arrastra a través de la gente y el mundo. Sufre los tropezones del andar sin rumbo, el dolor de las caídas bajo una bóveda azul libre de esta suerte de “providencia”, y la (maldita) incertidumbre de no detectar un horizonte que tocar. El mundo es redondo, y uno no deja nunca de buscar, para al final sólo volver al lugar de donde partió y, sin darse cuenta, seguir adelante sin tener un norte fijo. Es que los hilos manejan, te llevan, te atan, te obligan. A pesar de que uno puede haber aprendido muchas cosas en la vida, de creerse capaz de discernir, de diferenciar entre lo correcto y lo condenable; aquellos etéreos dedos te mueven a su antojo y te quitan toda posibilidad de libertad, de humanidad. La impotencia, la duda, el miedo de ir más allá para no encontrar nada y, peor aún, el de encontrar que nada de lo que haces tiene sentido, no te deja forcejear. Y aun así las cuerdas son tan fuertes que ni ganas te dan de luchar. ¿Para qué?

Tirado bajo la sombra de un árbol, analicé a la gente que pasaba frente a mí. Si iban con rumbo o no, lo ignoro. Sólo puedo afirmar que, con miradas perdidas y por pura inercia, caminaban. Fue entonces que recién pude ver el bosque de hilos que apareció frente a mí. Se ondulaban con el ulular del viento, brillaban junto con el polvo y la arena, arrastraban cuales candados a prisioneros de su propio costumbrismo. Un joven se acercó a una pequeña tienda, rebuscó en su bolsillo y compró un paquete de galletas. Atrás suyo pasaron dos más que se quejaban a viva voz de su miseria. Una señora jalaba a su hijo entre los carros de una carretera impasible, mientras que un colectivo aceleraba repentinamente para sobrepasar a un taxi, cuyo único pecado fue viajar pegado a la acera derecha. Atrás mío pude atender varias voces. Hablaban fugazmente acerca de temas políticos, metafísicos, académicos, pasionales, sin retroalimentación alguna. Sus mandíbulas se hallaban tensadas por aquellas extrañas presencias, delgadas y silenciosas, manejándolas a su antojo. Y mientras se alejaban, desistí de seguirlas con la mirada y elevé la vista. Analicé la primera estrella que se asomaba en un cielo azulado.

¿Para qué? La pregunta palpitó en mi alma, desquebrajándola. Todo engrana, es un gran sistema, es un todo del cual yo soy tan insignificante parte. La realidad es un reloj de precisión suiza. Te obliga a quitarle a quien no tiene, a luchar batallas que no existen, a tomar perspectivas y odiar sin méritos ni pecados cometidos. Incluso todo intento de lucha “en contra” de esta insana realidad tiene un propósito, un diente en el engranaje que es necesario para que la rueda siga girando. Si una moral altruista te posee y te hace darle lo todo lo tuyo a alguien que no tiene, pasarás de ser señor a ser vasallo, ante la insatisfacción del que obtiene algo sin luchar antes. Los papeles se invertirán y el orden seguirá. Estoy sentado sobre un césped que brota porque alguien lo riega y lo poda, contemplando un cielo que cambia, cuyo color es tan solo una ilusión del sentido más seductor, la vista, y me hallo analizando un destello que quizá ya no es estrella, sino un rayo de luz que todavía no deja de viajar. Entonces sentí pavor. Mis piernas, mi cabeza e incluso mis ojos sintieron el tirón de aquellos hilos que me llamaban otra vez. ¿Para qué resistirme? Completé la pregunta. Y entre aquel bosque de hombres ausentes, me puse a caminar.

Al final del día, lejos de toda esa multitud inconsciente y contemplando una hoja en blanco entre el desorden de mi escritorio, sentí de nuevo aquella presión. La misma naturaleza de la humanidad puede arrastrarnos a un estado de desesperación e impotencia tan absorbentes que se pierde la noción del tiempo, de los días pasados, de los años transcurridos. A veces quien camina ya no lo hace por voluntad propia, quien piensa no lo hace por decisión suya sino por influencia ajena, quien habla no pronuncia sino voces lejanas. Uno puede perder su propia identidad sumergido entre toda la agilidad de este mundo, tan insaciable como infinitamente diverso; tan indomable como poco aprehensible. Los hilos te guían, te manejan. Me incliné a coger un lapicero. Al instante los hilos se aflojaron. Contemplando la hoja vacía, pude dar un suspiro. Al fin, libre de cualquier sistema, solo veía cómo se desplazaba la punta ágilmente sobre el papel.

Powered by ScribeFire.


¿Y si te pido odiar?

Junio 14, 2007

Mira a tu alrededor. Contempla la tranquilidad del hogar, la tranquila atmósfera de la compañía a tu alrededor, de quienes respiran el mismo aire, conviven contigo, se cogen y se sueltan. Las risas de los conocidos, la cordialidad de los que están por conocer, el respeto, la admiración, el apego. Observa a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos. Admira todo el tiempo que pasan contigo y que tú también compartes con aquellos. Y sin embargo, el simple silencio de uno de ellos basta para sacar a uno de las casillas de la cordura en que uno trata de mantenerse.

¿Qué tan delgada es la línea que separa a la felicidad y el amor, de la exaltación y el odio? El remordimiento devora intensamente corazones, pero el momento del desfogue que lo precede, del intercambio de insultos, de los golpes al vuelo… ese sentimiento de la adrenalina corriendo por tu cuerpo, tus latidos a mil por hora, la garganta raspando y la sangre en la cabeza nos hace sentir tan vivos que muchas veces dejamos de lado el hecho de que, quizás, el ser aborrecido fue una vez objeto de aprecio nuestro. El odio es característico del hombre. Para enorgullecerse, ¿no?

Pongamos un ejemplo común. Un ser muy amado fallece. El mismo hecho de ser tan apreciado por nosotros nos conlleva a la inevitable depresión. La tristeza nubla nuestros sentidos, oscurece nuestra propia alma. Temporalmente, nos convertimos en personas susceptibles, débiles, dependientes de la atención ajena, ya sea en mayor o menor grado. Esa arriba mencionada susceptibilidad a todo lo que nos rodea conlleva a muchas otras consecuencias. Cuando te das cuenta, estás maldiciendo, odiando a gente que no ha hecho nada y mentándole a la madre al pobre desgraciado que tuvo la pésima suerte de cruzarse en tu camino. Que te comprendan, piensas, estás pasando por “un mal momento”.

Quién te manda amar tanto a una persona si al final puedes terminar odiando por ese mismo sentimiento.

Amas a tus padres, pero también a veces los odias por actuar como tales. Amas a tus amigos, odias a los excluidos. Amas a tu pareja, odias tus cuernos. Amas tu computadora, odias la que la supera (también a quien la posee). Amas al pequeño niño pobre de la calle, odias a la gente que lo ha dejado en ese estado, por no decir a toda la cruel humanidad. Amas a la persona asesinada, odias al asesino. De continuar el listado de curiosidades el comentario nunca acabaría. El cariño lleva a la enemistad, y viceversa. El hecho de poder amar como ningún otro ser viviente nos lleva inevitablemente al hecho ser el único mamífero capaz de odiar.

Y vaya que podemos odiar, aun sin motivo aparente. Buscamos catalizadores, objetivos, presas de nuestra vorágine de sentimientos encontrados. Copamos nuestra existencia de tantos insultos incontrolados, que opacan el amor por los seres queridos, quienes palidecen ante la importancia que le das a tus enemigos por sobre tus amigos. Cometemos el craso error de olvidar todo lo bueno. Tengamos una vista panorámica. La vida es mucho más que una simple pelea.

Odiemos. Así sabremos que una vez amamos.


El niño de colores

Junio 7, 2007
Lo único que recordaba era una sensación ahora borrosa. Una pequeña tormenta de arena que cegó su vista, lo elevó y lo lanzó un par de metros más lejos de aquel diminuto altar de flores y plantas en el que cantaba a los cielos. Y se preguntaba si era ilusión o realidad aquella visión oscura que se elevaba sobre los aires, causando un sonido ensordecedor. Un ave quizá, de alas cortas y descomunales garras, o un dios ruidoso que emergía desde las montañas. ¿Augurio de salvación, recompensa de sus rezos y rituales? No, más parecía una aparición del demonio de carnes rojas y ojos que fulguran aun en la luz más viva, llamando a los muertos, aniquilando a los vivos. La joven vicuña que a su lado reposaba se erizó y forcejeó por levantarse. Justo cuando empezó a sentir el pánico de su perdición, en el momento que su mandíbula reaccionó y se abrió para exhalar un grito, oyó una puerta abrirse, entre ruido y horror. Entonces voló. Acto seguido, sintió un enorme peso sobre su cabeza, oprimiéndolo contra una tierra ahora perturbada por la confusión y el caos. Recordaba algo suave sobre su cuello. ¿Lana, pelaje? Un animal inerte había aterrizado sobre él. Una pequeña vicuña.

Su primera visión, al abrir los ojos, fue una lágrima aterrizando en el asfalto, ahora empapado de sudor y manchado de su propio vómito. Sentía como si lo hubieran arrancado salvajemente del vientre de su propia madre. El cuerpo ardía de dolor, como si reposara sobre brasas rojas; y al ver figuras nublosas e irreconocibles, detectó que su cabeza no dejaba de dolerle, a pesar que aquella sensación le era ahora imperceptible. Apoyado en sus brazos temblorosos, buscó levantarse y ponerse de pie. El olor de su propia bilis amenazaba con dejarlo inconsciente de nuevo.

Secas las lágrimas y ya tranquila su mente (mas no su alma), con piernas temblorosas, se halló a sí mismo hundido entre sombras altas y frías que lo sumergían en un largo pasillo. Al fondo, casi en el horizonte, observaba siluetas moviéndose impasibles desde el este, blancas y, sin embargo, grises, entre la oscuridad de su contexto y la penumbra de la soledad. La niebla, que antes le sugería que era momento de abrigar sus cosechas y albergar a su ganado, ahora le infundía un temor y el escalofrío de lo desconocido, de un animal peligroso, de las garras de la muerte. Se preguntó si se hallaba en el estómago de aquella sombra de plumas giratorias y ojos grandes y vidriosos. Recordó, y tragó saliva. Buscando encontrar algo parecido a aquel ser místico en el aire, se topó con un techo alto y gris. Estaba encerrado en un lugar estrecho, sin salida, sin opción. Era avanzar a través de esa terrorífica niebla, o girar. Optó por mirar atrás. Cientos de miradas le contestaron el gesto.

Tras unos negros barrotes, encontró un cúmulo de cuerpos inertes. Expresiones de cansancio, de resignación y de piedad se hallaban congeladas en aquellos ojos abiertos, húmedos y fríos de los cadáveres que, uno sobre otro, creaban una representación viva de la muerte propia. Alrededor de aquella espantosa visión, se hallaban hombres y mujeres trabajando. Unos tejían, otras doblaban ropa, otro pequeño grupo lavaba. Y entre tanto esfuerzo ciego, notó que un cuerpo más caía al piso, exhausto, muerto. Entre su sorpresa y su pena, el color de la vestimenta de aquel hombre le recordó un patrón familiar. Bajó la vista y notó que, entre el negro ambiente, su ropa de colores vivos y ordenados sobresalían, hermosos, honorando el color de la naturaleza que tanto amó. Se quitó el chullo de su cabeza y detectó los mismos colores, casi iluminando aquella prisión gélida. Le tomó segundos, pero detectó el parecido. La ropa del hombre que acababa de morir era como la suya: viva, colorida, de patrones y figuras en honor a sus dioses. Recordó el ruido de la puerta, y un rostro que se asomó de su hogar, asustado, a buscarlo antes de salir volando por la presencia de aquella ave negra. Ese rostro se encontraba ahí, tirado en el piso. Era su padre.

Trató de huir. Atravesó la niebla, gritando y llorando. El frío obligó a sus piernas a enredarse, y el niño cayó. Al levantar la vista, detectó que se hallaba afuera, inmerso en una ciudad desconocida, monstruosa y llena de sonidos estruendosos. Hombres de trajes serios, blancos y negros, con corbatas de colores opacos caminaban, apurados, sin rumbo fijo. Las mujeres, delgadas, adornaban sus rostros con sonrisas falsas y su cuerpo con vestidos ajustados. Charlaban fluidamente. Notó que, como su celda, habían muchas más ahí afuera, camufladas entre tantos edificios. Dentro de ellas, pudo ver conocidos, familiares, extraños de vestimenta colorida y desgarrada por el tiempo. Entendió que era inútil tratar de escapar. Resignado, miró al cielo. Edificios se levantaban por encima del techo de las celdas, y decenas de aves de plumas giratorias y de pilotos humanos atravesaban un cielo gris que ocultaba al sol. Ni siquiera su dios podía iluminarlo ahora.

Giró sobre sí mismo, y caminó lentamente hacia los barrotes negros. Un señor le abrió la puerta de ese espacio adonde todos entran derrotados, y el niño de colores pasó. Tomó asiento y, sin darse cuenta, alimentó aquella voraz ciudad, junto con todos aquellos hombres de mirada triste. De la pila de muertos, salió una pequeña serpiente. Ésta se acercó al chico, quizá buscando comida. El muchacho, ahora incapaz de recordar su propio nombre, su pasado, su origen y el verdor de los campos que rodeaban el altar donde cantaba a sus divinidades, cargó al pequeño reptil y susurró su nombre… amaru.

Powered by ScribeFire.


Imágenes de cristal

Junio 4, 2007
Una nota irónica para comenzar.

Con un look bastante ochentero, decorado con una camisa a rayas y casaca de jean, me hallaba hundido tranquilamente en un asiento deformado del fondo de una combi (es raro hallarse relajado en un lugar asi), admirando la cantidad de arena que levantaban las llantas al pasar, esquivando los baches de la pista para caer en otros, casi estrategicamente colocados para mantenerte despierto. Siempre he sido de eludir el usar ropa sport o muy casual ¿Por qué? Ni idea. Supongo que será porque siento cierto apego hacia una suerte de formalidad ideal que ahora no se ve a menudo. Llámenlo “posería”. Quizá sea cierto.

De cualquier manera, en ese estado de relax efímero, sentí una ventana frente mío abrirse. Y digo, la sentí porque al hacerlo casi aplasta mi mano erróneamente apoyada en el filo de la ventana. Ya más atento (y medio molesto), me di cuenta que quien movió la luna era un señor correctamente vestido, sentado elegantemente con su terno sobre un asiento obviamente más cómodo que el mio. Se hallaba terminando un sándwich, al parecer, hecho en casa, por la bolsa transparente que envolvía la merienda. Una vez dado el último bocado, arrugó la pequeña envoltura, y la lanzó hacia la calle. No le critiqué la actitud, es más, no le presté mucha antención en ese instante. Las malas costumbres son exactamente eso: costumbres, de vista y de acto.

Simultáneamente, el cobrador terminaba las últimas habas fritas al fondo de una bolsa larga que había comprado unas cuadras antes. Se asomaba, masticando, por su ventana abierta, adivinaré buscando pasajeros para llenar aun más la pequeña combi; y, tras balbucearle algo al chofer, arrugó la bolsa y se la metió al bolsillo sin siquiera verla. Fue entonces que recién analicé la actitud del señor sentado a un metro del cobrador. Y no sé ustedes, pero me pareció tan gracioso que no pude evitar callarme el suspiro en forma de “Ja” que salió de mi boca.

El hombre de terno elegante y de vista tranquila se tomó el trabajo de abrir la ventana para botar su bolsa a la calle. El cobrador, que tenía casi medio cuerpo fuera del carro, se metió su basura al bolsillo sin titubear. Me causó gracia, es cierto. Pero la sonrisa que se dibujó en mi rostro se convirtió en una expresión de resignación. Tenemos tan fijas las malas costumbres que ni una buena formación ni la etiqueta nos la quita de encima, las imágenes son de cristal y los gestos son delatores, el señor del terno resultó ser menos elegante que el cobrador. Quizá deba empezar a buscar esa formalidad que no veo ahora de otra manera.

Powered by ScribeFire.